30 julio 2007

El amor en los tiempos del cólera

“Era inevitable: el olor de las almendras amargas
le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”

Cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días después de haber sido rechazado por Fermina Daza, Florentino Ariza se presenta ante ella para reiterarle su promesa de fidelidad y amor terno, después de 622 pequeños romances su corazón todavía pertenece a la primera y única dama de su juventud eterna. Ese día, la dama en cuestión volvía a ser una mujer libre, luego de enviudar de su compañero de toda la vida: el doctor Juvenal Urbino.

Medio siglo antes, Fermina y Florentino vivieron un amor tormentoso y contrariado, pues el padre se oponía a su relación con un chico pobre. Luego de lo cual, ella abandona el pueblo y decide que todo fue una “ilusión” creada por aquella sombra de mirada ingenua y tinta profunda.

La trama se desarrolla en Centroamérica a principios de siglo, época en la cual -según el narrador- los signos del enamoramiento podían ser confundidos con los síntomas del cólera. Al igual que el caudaloso Magdalena, a cuyas orillas se desarrolla, la historia serpentea y fluye, rítmica y pausada. La prosa va narrando a través de más de sesenta años la vida de los personajes principales, Fermina, Florentino y el doctor Juvenal.

Poco a poco, el escenario y sus personajes van cobrando propia vida, desembocando en los terrenos del mito y la leyenda, acercándose a un oscilante y tenue final feliz. El del amor contrariado, que se basa en un juramento de fidelidad lo suficientemente fuerte como para conservarse intacto durante toda una vida.

Florentino no era el tipo de hombre que hubiera escogido Fermina pero, a pesar de ello, suscitó en ella una curiosidad difícil de resistir. No en vano pensaba a menudo en éste redactor de cartas lisonjeras, a pesar de estar ella casada con otro hombre. No sólo eso, lo imaginaba, presentía donde estaba, deseándolo donde no podía estar, despertando de pronto con la sensación física de que él la contemplaba en la oscuridad mientras ella dormía.

Ni el uno ni el otro tenían vida para nada distinto que no fuera el otro, pero seguían existiendo. No obstante, desde que se vieron por primera vez hasta que él le reiteró su determinación medio siglo más tarde, no tuvieron nunca una oportunidad de verse a solas ni de hablar de su amor. Es por ello que no se puede afirmar que el de ellos haya sido un noviazgo en el sentido que comúnmente se le otorga a la palabra, ya que la relación no se basaba en el trato personal.

Cuando aparece este factor el día del reencuentro, luego del viaje del olvido, Fermina cae en el abismo del desencanto y se da cuenta de que su amor platónico se transforma repentinamente en ilusión, quimera, espejismo.

UNA PAREJA ESTABLE. El doctor Juvenal Urbino de la Calle era el soltero más apetecido, intacto y tentador, hasta que sucumbió sin resistencia a los encantos plebeyos de Fermina Daza. Le gustaba decir que aquel “amor había sido el fruto de una equivocación clínica”. En ese momento todavía era demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado. Solía contar que no experimentó ninguna emoción cuando conoció a la mujer con quien habría de vivir hasta el día de su muerte.

Ella fue más explícita, el joven médico de quien tanto había oído hablar a propósito del cólera le pareció un pedante incapaz de querer a nadie distinto de sí mismo. Sin embargo, con él se casó, tuvo hijos, y se creyó la elegida del destino: la más feliz. Y a pesar de las diferentes crisis matrimoniales sufridas a lo largo del tiempo, hubiera vuelto a preferir a su marido entre todos los hombres del mundo si hubiera tenido que escoger otra vez.

Fermina decidió casarse con él en la época en que tomó conciencia de que estaba sola en el mundo, y aunque no lo admitiera, la acongojaba la idea de que, para bien o para mal, Florentino Ariza era lo único que le había ocurrido en la vida.

Y es que cuando Fermina tuvo que enfrentar la decisión de casarse con Juvenal Urbino sucumbió en una crisis mayor, al darse cuenta de que no tenía razones válidas para preferirlo después de haber rechazado sin más a Florentino Ariza. En realidad, lo quería tan poco como al otro, pero además lo conocía mucho menos, y sus cartas no tenían la fiebre de las cartas del otro, ni le había dado tantas pruebas conmovedoras de su determinación.

La verdad es que las pretensiones de Juvenal Urbino no habían sido nunca planteadas en términos de amor, y era por lo menos curioso que un militante católico como él sólo le ofreciera bienes terrenales: la seguridad, el orden, la felicidad, cifras inmediatas que una vez sumadas podrían tal vez parecerse al amor. Pero no lo eran, y estas dudas aumentaban su confusión, porque tampoco estaba convencida de que el amor fuera en realidad lo que más falta le hacía para vivir.

Tomó la decisión de casarse con el doctor Urbino en un minuto que se convirtió en crucial en su vida, sin tomar en cuenta para nada la belleza viril del pretendiente, ni su riqueza legendaria, ni su gloria temprana, ni ninguno de sus tantos méritos reales, sino aturdida por el miedo de la oportunidad que se le iba y la inminencia de los veintiún años, que era su límite confidencial para rendirse al destino.

Le bastó ese minuto único para asumir la decisión como estaba previsto en las leyes de Dios y de los hombres: hasta la muerte. Entonces se disiparon todas las dudas, y pudo hacer sin remordimientos lo que la razón le indicó como lo más decente: pasó una esponja sin lágrimas por encima del recuerdo de Florentino Ariza, lo borró por completo.

Por su parte, Juvenal era consciente de que no amaba a Fermina. Se había casado porque le gustaba su altivez, su seriedad, su fuerza, y también por una pizca de vanidad suya, pero mientras ella lo besaba por primera vez, estaba seguro de que no habría ningún obstáculo para inventar un buen amor. No lo hablaron nunca, pero a la larga, ninguno de los dos se equivocó.

Eran una pareja admirable, parecían flotar por encima de los escollos de la realidad, pero a lo largo de su matrimonio atravesaron varias crisis. Lo más absurdo de algunas de ellas era que ambos nunca parecieron tan felices en público como en aquellos años de infortunio. Nadie podía imaginarse, en sus años de desgracias, que pudiera haber alguien más feliz que ellos, ni un matrimonio tan armónico como el suyo.

Por otra parte, Fermina siempre se sintió viviendo una vida prestada por el esposo: soberana absoluta en un vasto imperio de felicidad edificado por él y sólo para él. Sabía que él la amaba más allá de todo, más que a nadie en el mundo, pero sólo para él: a su santo servicio.

SABIDURÍA GABIANA. En el curso de los años, ambos llegaron por distintos caminos a la conclusión sabia de que no era posible vivir juntos de otro modo, ni amarse de otro modo: nada en este mundo es más difícil que el amor.

“Él se apresuró a ayudarla, porque el corpiño estaba ajustado a la fuerza en la espalda con una larga costura de cordones cruzados. No tuvo que terminar, pues el corpiño acabó de soltarse solo por la presión interna, y la tetamenta astronómica respiró a sus anchas. Florentino Ariza, que no perdió nunca el susto de la primera vez, aun en las ocasiones más fáciles, se arriesgó a una caricia epidérmica en el cuello con la yema de los dedos, y ella se retorció con un gemido de niña consentida sin dejar de llorar”.

Lo gracioso y estimulante de El amor en los tiempos del cólera es que no empieza con la historia de los novios (de los tres) sino con la muerte de Jeremiah, quien tenía la determinación irrevocable de quitarse la vida a los sesenta años. Lo había decidido mucho tiempo atrás, en una playa solitaria de Haití donde yacía desnudo junto a su amante después del amor. Había fijado como plazo último para suicidarse la víspera de Pentecostés. No había ningún detalle de la noche de su muerte que su amante no hubiera conocido de antemano, y hablaban de eso con frecuencia, padeciendo juntos el torrente irreparable de los días que ya ni él ni ella podían detener.

Jeremiah de Saint-Amour amaba la vida con una pasión sin sentido, y a medida que la fecha se acercaba había ido sucumbiendo a la desesperación, como si su muerte no fuera una resolución propia sino un destino inexorable. Y lo haría en silencio, cómplice de sus cómplices, uno de ellos su fiel mastín.

Sería el doctor Urbino quien lo encontraría y se encargaría de armar las piezas de este tablero de ajedrez, el de la vida. Más tarde vendrían el cólera, Fermina, Florentino, el amor y otros de demonios, etc. Como diría Gabo. Llegaría a indagar en el viejo barrio de los esclavos, se daría cuenta que Jeremiah tenía un sórdido pasado marcado por el deshonor, que tenía mujer y que ser el mejor fotógrafo de el pueblo era junto con sus últimos años y la forma como los vivió, lo mejor de su existencia.

LA FIDELIDAD. Florentino Ariza sustituía el vacío que el amor ilusorio de Fermina Daza creaba en su vida con pasiones terrenales, amores de cama. En la plenitud de sus relaciones, Florentino se había preguntado cuál de los dos sería el amor, el de la cama turbulenta o el de las tardes apacibles de los domingos. De esta manera llega a la definición del amor dividido: “amor del alma de la cintura para arriba” y amor pesar de que entre ellos no exista ningún compromiso.

Si se analiza la fidelidad como una voluntad de creer en algo, y de expresar tal creencia en la vida práctica, se puede diferenciar claramente entre fidelidad e infidelidad. Pero el concepto de fidelidad en la novela, y en la vida misma, es más profundo y complejo. Es fidelidad aquel sentimiento que lleva a la amante de Jeremiah de Saint-Amour a ayudarlo a sobrellevar la agonía de la muerte con el mismo amor con que lo había ayudado a descubrir la dicha, por ejemplo.

También puede interpretarse como fidelidad el amor y la gratitud de Leona Cassiani para con Florentino Ariza. Después de tantas perrerías soterradas que había hecho por él, después de tanta sordidez soportada para él, ella se le había adelantado en la vida y estaba mucho más allá de los veinte años de edad que él le llevaba de ventaja: había envejecido para él. Lo quería tanto, que en vez de engañarlo prefirió seguir amándolo.

Por otra parte, la infidelidad de Juvenal Urbino abrió una brecha entre él y Fermina que sólo el tiempo y el amor construido a lo largo de toda una vida pudieron reparar. Esa deslealtad a un compromiso asumido de por vida generó desconfianza, orgullo, celos, mentiras, reproches, culpa. La propia vida, entonces.

Juvenal ignoraba cuál podía ser la reacción de una mujer con tanto orgullo como la suya, con tanta dignidad y con un carácter tan fuerte, frente a una fidelidad comprobada. Por su parte, ella interpuso como siempre una barrera de rabia para que no se le notara el miedo. Y en este caso, el más terrible de todos era el de quedarse sin su esposo.

Algo definitivo ocurrió: los sedimentos acumulados a través de tantos años habían salido a flote y envejecieron a la dama tan altiva, en un santiamén. Tanto como para obligarse a creer en cualquier mentira, así ésta naufragara en la razón. Tal vez por esto ella hubiera preferido que él le negara su deslealtad.

Pasados dos años, cuando Juvenal la va a buscar, ella se siente aliviada de volver a su casa. Pero, aunque se iba ‘feliz’, también estaba resuelta a cobrarle en silencio los sufrimientos amargos que le habían acabado la vida.

AMOR Y CONVIVENCIA. Otra cosa bien distinta habría sido la vida para ambos, de haber sabido a tiempo que era más fácil sortear las grandes catástrofes matrimoniales que las miserias minúsculas de cada día. Pero si algo aprendieron juntos es que la sabiduría llega cuando ya no sirve para nada. Esas miserias en el fondo eran un juego de ambos, mítico y perverso, pero por lo mismo reconfortante: uno de los tantos placeres peligrosos del amor domesticado.

Pero fue por uno de esos juegos triviales que los primeros treinta años de vida en común estuvieron a punto de acabarse porque un día cualquiera no hubo jabón en el baño. El incidente, por supuesto, les dio la oportunidad de evocar otros pleitos minúsculos. Unos resentimientos revolvieron los otros, reabrieron cicatrices antiguas, las volvieron heridas nuevas, y ambos se asustaron con la comprobación desoladora de que en tantos años de lidia conyugal no habían hecho mucho más que pastorear rencores.

Cuando recordaban este episodio, ya en el recodo de la vejez, ni él ni ella podían creer la verdad asombrosa de que aquel altercado fue el más grave de medio siglo de vida en común, y el único que les inspiró a ambos el deseo de claudicar, y empezar la vida de otro modo.

Habían sorteado juntos las incomprensiones cotidianas, los odios instantáneos, las porquerías recíprocas y los fabulosos relámpagos de gloria de la complicidad conyugal. Fue la época en que se amaron mejor, sin prisa y sin excesos, y ambos fueron más conscientes y agradecidos de sus victorias inverosímiles contra la adversidad.

LA VUELTA DE LA ILUSIÓN. Cuando Florentino vuelve a la vida de Fermina, a ella le resulta imprevista la reiteración dramática de un amor que para ella no había existido nunca y a una edad en que a él y a ella no les quedaba más que esperar de la vida.

Florentino se propone utilizar un método distinto de seducción, sin ninguna referencia a los amores del pasado, ni el pasado simple: borrón y cuenta nueva. Así que planeó hasta el último detalle como una guerra final: todo tenía que ser diferente para suscitar nuevas curiosidades, intrigas, esperanzas, en una mujer que ya había vivido a plenitud una vida completa.

Tenía que ser una ilusión desatinada, capaz de darle el coraje que hacía falta para tirar a la basura los prejuicios de una clase que no había sido la suya original, pero que había terminado por serlo más que de otra cualquiera. Tenía que enseñarle a pensar en el amor no como un estado de gracia que no era un medio para nada, sino un origen y un fin en sí mismo.

A Fermina le bastó el primer año para asumir la viudez. El recuerdo purificado del marido dejó de ser un tropiezo en sus actos cotidianos, en sus pensamientos íntimos, en sus intenciones más simples, y se convirtió en una presencia vigilante que la guiaba sin estorbarla.

No era muy consciente todavía, ni lo fue en varios años, de cuánto la ayudaron a recobrar la paz del espíritu las meditaciones escritas de Florentino Ariza. Fueron ellas, aplicadas en sus experiencias, lo que permitió entender su propia vida, y esperar con serenidad los designios de la vejez.

Cuando comienzan a verse personalmente, ambos se vieron como eran: dos ancianos acechados por la muerte, sin nada en común, aparte del recuerdo de un pasado efímero que ya no era de ellos sino de dos jóvenes desaparecidos. Ella pensó que él iba a convencerse por fin de la irrealidad de su sueño, y eso iba a redimirlo de su impertinencia. Ella estuvo a punto de pedirle que no volviera más, pero la idea de una pelea de novios le pareció tan ridícula a la edad de ambos, que no pasó de causarle un ataque de risa.

A Fermina los intentos de acercamiento de Florentino le parecían cosas de niños. Le reprochó su constante evocación del pasado y su terquedad estéril de no dejarse envejecer con naturalidad. No entendía cómo un hombre capaz de hacer reflexiones que tanto apoyo le habían dado para sobrellevar la viudez, se enredaba de aquel modo infantil cuando trataba de aplicarlas a su propia vida. Los papeles se invirtieron: entonces fue ella la que trató de darle ánimos nuevos para ver el futuro.

Florentino invita a Fermina para que fuera de viaje de descanso por el río y ella acepta. Entonces, ella se pregunta con dignidad, con grandeza, con unos incontenibles deseos de vivir, qué hacer con el amor que se le había quedado sin dueño. Y lo reconoce como el hombre que estuvo siempre al alcance de su mano aunque ella no lo hubiera notado antes.

Ahora les bastaba con la dicha simple de estar juntos por el resto de sus vidas. Era como si se hubieran saltado el arduo calvario de la vida conyugal, y hubieran ido sin más vueltas al grano del amor. Transcurrían en silencio como dos viejos esposos escaldados por la vida, más allá de las trampas de la pasión, más allá de las burlas brutales de las ilusiones y los espejismos de los desengaños: más allá del amor. Pues habían vivido juntos lo bastante para darse cuenta que el amor era el amor en cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte.

Publicada en 1985, El amor en los tiempos del cólera, es más que todo un compendio acerca del amor y sus múltiples variantes. Un tratado sobre el corazón y su gente, el tiempo y las rebeldías, la memoria y sus laberintos. Una alerta sobre las relaciones humanas y sobre quienes se sobrecogen a ellas…los escogidos y aquellos que le sacan la vuelta a la vida. Sin lugar a a dudas la más grande historia de amor jamás contada.

Si desean leerlo por Internet el libro esta disponible en la Web de Norma.

Ficha técnica

Título: El amor en los tiempos del cólera
Editorial: Norma
Precio: 39 soles
Fecha de Publicación: 7/2005
ISBN: 958-04-8790-1
Código de barras 7706894226672
Código contable 26022667
Autor: Gabriel García Márquez
Nº páginas: 662
Color páginas: Beige
Encuadernación: Rústica
Formato: 11 X 18

2 comentarios:

Anónimo dijo...

este libro en algunas partes resulta ser muy interesante, me toco presentar un trabajo sobre esto y de verdad es muy emosionante ademas de dejar enseñas muy buenas

Rudy Torres Villegas dijo...

tú lo has dicho, es interesante. pero además bello y entrañable.